Sobre Egipto y el Amor*

Los antiguos egipcios representaban el amor- mer- con un jeroglífico que muestra la imagen de un arado manual. Nuestra concepción occidental y actual más común respecto al amor es considerarlo algo más o menos cercano a una emoción, sin embargo los egipcios, pueblo dado a lo práctico, vinculaban la idea del amor a un trabajo.

Concretamente a un trabajo agrícola.
Por poco que sepamos de agricultura sí que estamos familiarizados con el proceso de sembrar una semilla que se cuida y se alimenta para que luego nazca un fruto. Para los egipcios esta era la metáfora del amor.

La ciencia ha explicado suficientemente el proceso bioquímico del enamoramiento como una serie de estímulos-reacciones que se producen en el organismo destinados a procurar el acto sexual que pueda perpetuar la vida. Pero esto poco tiene que ver con el amor. Obviamente el amor a los hijos, hermanos, padres o amigos no responde a este proceso bioquímico de la perpetuación de la vida, responde a que el ser humano nace con la facultad de amar independientemente del hecho biológico.

Y este amor está más cerca de un trabajo que de una emoción. En el encuentro entre dos personas siempre se produce un cara a cara entre dos egos y ese ego siempre trata de condicionar el amor. El trabajo por tanto se refiere a permitir la expresión del amor sin las condiciones limitantes del ego. Para los egipcios el concepto “viviente”, al igual que el concepto “función”, tenían una enorme importancia y eran fundamentales en su concepción del mundo. Y el amor, por tanto, debía ser viviente, es decir, debía vivificar tanto a aquel que lo expresaba como al que, a su vez, era capaz de recibir su expresión.

Al igual que el intelecto, para cumplir su función, divide y separa para acceder al entendimiento de su entorno, el amor es la gran fuerza que procura la UNIÓN, que tiende al UNO. Es la gran fuerza viviente que impulsa el encuentro entre AMADO y AMANTE, entre Dios y su Criatura. Pero esta fuerza potentísima, expresada en todo y consustancial a la existencia, en el ser humano muchas veces es bloqueada por ese ego, por la persona entendida como “máscara”. Porque el amor, si no es expresado no es viviente, no da fruto. E igualmente ocurre si la persona-máscara condiciona la recepción del amor y decide como se debe ser amado. Por tanto, tan importante es saber amar como saber ser amado. Tan importante es saber expresar limpiamente el amor como saber ser receptor de las expresiones de amor de otros sin condiciones.

Y esto es un trabajo. Y este trabajo tiene mucho que ver con el cultivo. De preparar un terreno y plantar semillas que, si se riegan, darán con el tiempo su fruto.

Por cierto, para los egipcios, y también para otros como los sufíes estos, entre otros, serían algunos signos distintivos del amor:

  • Es vivificante, hace crecer.
  • Hace mejor, saca lo mejor de las personas.
  • Se adorna con la belleza.
  • Es fuente de armonía.
  • Equilibra y es vía para la paz.
  • Privilegia lo que une sobre lo que separa.
  • Es por naturaleza positivo.
  • Procura alegría.
  • Permite discurrir de un modo más fluido con el curso de la existencia.